miércoles, 31 de diciembre de 2008

Fin de Año

Ponemos punto final a 2008. un año que ha tenido de todo, aunque la segunda mitad ha sido agotadora (lo sigue siendo) y llena de miedos.
Pocas veces puedo sentarme ante el ordenador y escribirte, espero y deseo que 2009 traiga más paz y más salud a esta casa.
Espero también que el mundo esté algo mejor, solo algo.
Un beso. Feliz Año.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Et in Arcadia Ego

A principios de los 80 apareció en la televisión una de las series que más me han impactado.
Retorno a Brideshead, basada en la obra del mismo nombre de Evelyn Waugh, la vi la primera vez con unos 17 o 18 años, la misma con la que los protagonistas empiezan la historia.Una serie inglesa, exquisita, como todas las series inglesas que se rodaron por aquella época.
Hace unos días he leído que se ha hecho una nueva versión de la obra, sin embargo, a mí me resultará enormemente difícil ponerle otro rostro a Charles Ryder y a Sebastian.
Recuerdo los primeros capítulos, que comenzaban así: Et in Arcadia ego. Y en realidad era eso. Así me sentía yo cuando vi esta serie la primera vez, finalizando mi adolescencia.
He tenido la oportunidad de ver tres veces la serie, en diferentes momentos. Y nunca dejó de sorprenderme y fascinarme esa indolencia, esa forma de tratar el tiempo en esos primeros años en que Ryder y Sebastian se conocieron.
En parte, así se siente todo aquél que es joven: hay cosas que son sólo patrimonio de esa edad; esa inconsciencia, esa indolencia, la ausencia de proyección hacia el futuro, la nimiedad, la levedad de las cosas...

Et in Arcadia ego....
...cuando me refugiaba en las habitaciones perdidas de la casa del pueblo a leer, de pequeña.
...aquellos veranos de los últimso años del colegio.
....cuando entré en el instituto.
...cuando iba con Inma Palma los sábados por la tarde al cine.
...la noche que Rosa se quedó en mi casa y estuvimos hasta el amanecer imitando a las compañeras de clase.
...los cigarrillos fumados en la terraza de Lucena, con Carmen.
...el primer paseo con Antonio el de Cartuja.
...una tarde en el Parque del Oeste en Madrid.
...las mañanas, cuando iba al conservatorio.
...un mediodía, con Rosa y seis cervezas en el Zeluán.
...una noche junto al mar, en Almuñécar.
...la llegada de una carta que hablaba de pompas de jabón.
...el viaje a Cantabria con mi hermano.
...una noche cerca de las estrellas, en un perdido pueblo de Ávila.
...un paseo junto a las murallas de esta ciudad, con Josep.
...los nueve meses que estuviste conmigo.
...los paseos contigo durante tu primer invierno.

Cuando el tiempo se nos iba con toda la placidez y sin congoja entre las manos, cuando aún podíamos sin nungún tipo de rubor, llevar a Aloysius de la mano.

martes, 7 de octubre de 2008

Mi tía Bel

Hace un par de meses, leí un breve cuento de esos que se reparten en el autobús. De un tiempo a esta parte los autobuses constituyen para mí un punto de encuentro con la poesía y la literatura.
Un relato exquisito de Ana María Moix, titulado "Mi tía Bel". La historia de un tía alocada, extravagante, viajera, y excéntrica. Que había tocado los quehaceres artísticos, y que seguía soltera, pese a tener sus amantes (¿a quién me recuerda?).
Un argumento en el que reconocía cierta afinidad conmigo, al menos en un cierto período de mi vida.
Antes de morir, escribe esta nota a su sobrino:

"Nos equivocamos. Nos pasamos la existencia buscando a la persona ideal para vivir con ella, pero nos equivocamos: lo importante es saber elegir no con quién queremos vivir, sino con quién queremos morir."

Pienso en la esencia de estas palabras. He tenido vínculos especiales con algunas personas en mi vida. He pensado, cuando estaba con cada una de esas personas, en el deseo de compartir mi vida, toda mi vida con cada una de ellas.
Cada historia la he vivido de forma irrepetible, pera cada historia terminó.
Si ahora me pongo a hacer memoria, ¿realmente desearía que cualquiera de ellas estuviera conmigo en ese final?
Creo que es otro tipo de amor el que ando buscando, para el resto de mi vida y para ese momento en concreto.
Un amor incluso más rotundo que lo que he tenido.

martes, 30 de septiembre de 2008

Solo por hoy

Mi querida Leonor: llevamos más de un mes viviendo en casa de los abuelos. Aunque tú me dices que nos vayamos a nuestra casa, que la echas de menos, yo aún no me atrevo.
Sabes, aunque no lo escriba, qué es lo que me ocurre. Tú misma me dices: "Mami, no te preocupes, no pasa nada".
Viviendo con el miedo, como casi siempre, esa es mi costumbre.
Miedo a no verte crecer, miedo a que te ocurra algo, miedo a que me ocurra algo, miedo a no poder o a poder demasiado.
Reconozco que los últimos veinte años el miedo me ha poseído: miedo a empezar una relación y miedo a perderla una vez iniciada.Miedo a perder la felicidad presente, e incapacidad para disfrutarla pensando en la pérdida futura.
No puedo ni debo seguir así.
Ahora bien, ¿cómo lo hago?
Mi programa de Doce Pasos hace un hincapié fundamental en el Solo por Hoy: vive el presente, solo este momento, soltar riendas y dejar las cosas en manos de Dios.
Es curioso, sólo los humanos pensamos en futuro, al menos de la forma en la que lo hacemos. El resto de los seres vivos sienten lo que son ahora, lo que viven ahora.
Siempre lo he dicho, aunque no me he aplicado el tiempo: hay que ser más animales, hay que recobrar una buena dosis de la animalidad perdida: empezar a dejar de pensar, sentir y temer lo que no existe.
Al menos procurar que mi existencia no gire en torno a eso. Y aunque piense en futuro ciertas cosas, tener los pies, el corazón y la mente en el momento presente.
Para las dos.

lunes, 14 de julio de 2008

Libros de otro tiempo

Después de más de dos meses de albañiles, electricistas (que deben darse otra vuelta), pintores y limpieza(que aún no he terminado), hemos vuelto las dos de nuevo a casa, a nuestra casa. Dos meses con los abuelos, para evitar el lío que había aquí montado, pero hace algo más de una semana, hemos retornado.
Había que ponerlo todo en orden nuevamente, limpiarlo, quitar polvo, en fin, todas esas cosas. Y con tanto movimiento y tanta limpieza, he ido econtrando cosas que tenía olvidades o a las que le había perdido la pista; cosas que sabía que estaban pero no dónde; o cosas que había dado por perdidas y han vuelto a dar señales de vida.
Entre todo ese maremágnum, han asomado, como un pequeño tesoro, mis primeros libros, los primerísimos.
Esos que llevan unos 35 años conmigo, que he leído decenas de veces, que han constituído para mí un auténtico refugio y solaz.
Hay dos especialmente que los guardo como un tesoro, y espero que tu los leas en algún momento: "Corazón de Oro" de Louise May Alcott, y "Tocón en el Polo", de Aldo Berti, una serie de aventuras con un personaje, Tocón, que corre sin ningún problema aventuras en la Edad Media o en el Polo actual. Cosas de la literatura.
Ambos libros me los trajo mi tío Eduardo, que recuerdo aparecía de vez en cuando por casa y que traía cosas fantásticas y maravillosas de sitios que para mí eran extraños y lejanos.
Esos dos libros que él me regaló me transportaron también lejos. Especialmente el último. Creo que mi interés por los lugares fríos, solitarios, silenciosos, nació con la lectura de este libro, que me permitió a los 9 años (recuerdo la edad que tenía cuando me lo dio) conocer la historia de las expediciones al Polo, conocer la existencia de Ross, de Peary, de Amundsen.
Conocí las gestas y los asaltos de tantos otros anteriormente, y de sus penalidades. Supe en qué consistía invernar en el Polo, y los riesgos que entrañaba, las temperaturas a las que se llegaba, y las heroicidades de muchos de los hombres que buscaron alcanzar ese ansiado Norte.
Buscaba las ciudades que aparecían en el libro, y que para mí eran lugares irreales y maravillosos: Godhavn, Upernavik, Trondheim... Me recuerdo a mí misma sentada junto a la mesa camilla, en verano, durante las vacaciones, y miraba con todo el embobamiento del mundo en el atlas el Polo Norte y toda la región del Ártico, las islas, los pasos, las rutas que seguían los barcos cuando se dirigían buscando la latitud máxima.
Y luego, saltaba de página, mirando esos territorios aún más desconocidos de la Antártida: ¿quién era esa Reina Maud que puso nombre a ese enorme territorio del Sur? ¿Y quién María Byrd, cuyo nombre también aparece en los mapas dando nombre a una extensa tierra de la Antártida?
Me parecía tan maravilloso que esos nombres tan desconocidos resonaran por aquellos lugares, nombres de reinas de lugares deshabitados...
Era la edad en que para adentrarse en la aventura, sólo teníamos que imaginar.
Toda mi gratitud para esa persona que puso en mis manos, sin saberlo, un libro que dejó en mí tantas emociones.

sábado, 3 de mayo de 2008

Biografía de un hombre con miedo

Hoy he ido en autobús. De vez en cuando, y debido a algún arrebato inspirador de alguien de la empresa de transportes, estos autobuses urbanos ofrecen una visión hermosa si dirigimos la mirada hacia el punto adecuado. En uno de los cristales, a la altura de mis ojos, había un poema, un cartel conmemorando no se qué festival poético: habían colocado un poema de alguno de los invitados. Lo leí. He buscado en internet a la autora -totalmente desconocida para mí- y el poema -aún más desconocido-.
Quizá ha venido como anillo al dedo, al recordar a gente, personas, de la "otra" generación, la de mis padres o la de mis tíos, algunos de ellos ya han empezado a dejarme, a dejarnos.
Una generación que, desde mi punto de vista, ha tenido más valía que la mía, aunque el reconocimiento llega tarde.
Leí el poema con un deje de nostalgia y de tristeza, especialmente porque ese poema, sin saberlo, lo he visto hacerse en la vida de muchos de los que me han precedido.
Cada generación deja una huella irrevocable en la historia de este mundo. Me pregunto cuál será la huella que deje la mía.

Biografía de un hombre con miedo

Mi padre tuvo pronto miedo de haber nacido.
Pero pronto también
le recordaron los deberes de un hombre
y le enseñaron
a rezar, a ahorrar, a trabajar.
Así que pronto fue mi padre un hombre bueno.
(“Un hombre de verdad”, diría mi abuelo).
No obstante,
—como el perro que gime, embozalado
y amarrado a su estaca— el miedo persistía
en el lugar más hondo de mi padre.
De mi padre,
que de niño tuvo los ojos tristes y de viejo
unas manos tan graves y tan limpias
como el silencio de las madrugadas.
Y siempre, siempre, un aire de hombre solo.
De tal modo que cuando yo nací me dio mi padre
todo lo que su corazón desorientado
sabía dar. Y entre ello se contaba
el regalo amoroso de su miedo.
Como un hombre de bien mi padre trabajó cada mañana,
sorteó cada noche y cuando pudo
se compró a cuotas la pequeña muerte
que siempre deseó.
La fue pagando rigurosamente,
sin sobresalto alguno, año tras año,
como un hombre de bien, el bueno de mi padre.

La autora es Piedad Bonnett, colombiana.

martes, 15 de abril de 2008

Nila

Hoy ha muerto Nila. Ha estado con nosotros desde 1999. Fue en septiembre de ese año, cuando la trajeron a casa: una pequeña bola blanca diminuta, suave. Tan pequeña era que no podía bajarse sola del sillón.
Cuando bajábamos a la calle con ella, llamaba la atención. Probablemente, y hasta su muerte, halla sido la perra más juguetona de toda la plaza, corriendo detrás de la gente y los vecinos que conocía.
Era tan bonita...
Ha estado junto a mí en muchos momentos, en buenos y malos momentos.
Hoy yo le he dicho al veterinario que la sacrificara, tan mal estaba. Un tumor la estaba carcomiendo por dentro.
Estaba medio consciente cuando yo llegué a la clínica. Nila...¿cómo estás, pequeña?
Un sólo quejido, levantó la cabeza un poco, luego volvió a dejarla en su sitio, cansada, dolorida tras una operación que casi de antemano se sabía inútil.
Siempre pensé que viviría más, que la vería viejecita, andando despacito por la misma plaza de siempre.
Nila...¿recuerdas las siestas en el sillón? Venir del trabajo, almorzar, y echarme un rato mientras veía esos programos soporíferos del mediodía. En esos momentos llegaba ella y se subía encima de mí, sobre mis piernas: dormíamos un buen rato las dos juntas.
¿Recuerdas los regalos de Reyes?
Ese día había un regalo para ti también, alguna golosina o alguna lata especial y rica de comida.
¿Recuerdas los paseos? Cuando no tenía ganas de hablar con nadie, cuando llegaron los malos tiempos, yo me obligaba a sacarte a la calle, teniendo mi único contacto real con el mundo entonces, a través de ti.
Hoy me ha dado tiempo a decirte gracias. Por todo. Por esos buenos ratos, por las risas, por las caricias que me has dado.
Gracias Nila.
Hoy te he llamado por última vez. Sabía que aunque mejoraras levemente, ya estabas muy mal. No quería que siguieras sufriendo. Algo instantáneo, un leve estertor, y te quedaste dormida.
Andarás por el paraíso de los animales, probablemente por el mismo sitio por donde anda Clara, la reina de los gatos, que también se me fue tan pronto como tu lo has hecho.
Mi pequeña bola blanca, te echaré de menos siempre.
Ahora, no puedo seguir escribiendo.

viernes, 15 de febrero de 2008

Itaca

Hace ya bastante tiempo que no te escribo, aunque he estado tentada a anotar cualquier cosa muchas veces. Sin embargo, necesito que se de ese momento íntimo en el que puedo ahondar dentro de mí, y darle forma a lo que quiero decirte o contarte.
Quizá hoy, concretamente, sea otra persona la que hable por mí para ti. Paso a darte el poema de Kavafis, que, -otra vez Carmen- leí hace años.
No se me ocurren mejores frases, que las que este escritor dejó, sobre el tiempo, la vida, y el camino que se hace al recorrerla.
El otro día intenté imaginarte mayor, casi viejecita. Me río porque ni aún yo puedo imaginar eso de mí misma todavía. Pero dentro de 70 u 80 años, cuando este mundo esté irreconocible y sea aún más viejo, cuando de mí sólo perdure probablemente el recuerdo que tu me tengas, me gustaría imaginarte leyendo este poema que ahora pongo en tus manos:

"Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ella, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas."