martes, 1 de mayo de 2007

Paisajes



Hoy he tropezado con esta imágenes que he encontrado en la red: los Andes y el cono sur de América y la plateada Antártida. Me sorprende lo hermosa que es la Tierra así, de lejos; me sorprende también que para que nos impacte nuestro planeta, y tengamos conciencia de su belleza, tengamos que alejarnos de él al menos unos cientos o miles de kilómetros.
Parece que es entonces, cuando una fotografía nos muestra tan distanciados de la Tierra, cuando nos damos cuenta lo hermosa y lo maravillosa que es.
Eso me lleva a otra cuestión: Cuando nos alejamos de algo, o sentimos que lo perdemos, es cuando empezamos a preocuparnos, y a valorarlo.
En los últimos días he estado escuchando un montón de noticias sobre el cambio climático, la irreversibilidad del mismo y otras cuestiones parecidas. No hacemos nada, no se hace nada.
Ví el otro día en el periódico, una noticia sobre un pajarillo, semejante a una codorniz, que vivía en Andalucía occidental, y que no se la ve desde hace más de diez años. La última fue cazada. Creo que el pájaro recibía el nombre de Torillo andaluz. La van a dar por extinguida.

El Torillo Andaluz
Es dolorosísimo que una noticia así, no impacte más a la gente, no inunde las primeras páginas de los periódicos. Solo una fotografía testimonial de esa pequeña ave, en el suplemento dominical, en el ángulo superior izquierda de una página central. Y, mientras tanto, lo absurdo cobra tintes épicos adquiere una importancia desmesurada: el mismo día, un par de páginas para hablar de los 999 goles de Romario, que está bien, pero que desde luego no hay comparación.
A principios de abril, se conocía la noticia de la extinción del Delfín de aleta blanca, un delfín que surcaba las aguas del Yang-Tsé. Se le conocía por baijí, y según cuenta la leyenda, era la reencarnación de una princesa arrojada por su familia al río por no casarse con un hombre al que no amaba. Era símbolo de paz y prosperidad.
Me desesperan oír estas noticias, me desgarran por dentro. Quizá porque presiento que todo va acelerándose, caminando hacia un final terrible e ineludible.
Estas cosas me parecen auténticos crímenes, de nuestra especie hacia otras especies.

sábado, 17 de marzo de 2007

Heildelberg, 1981

Hace tiempo que la música de Cohen no inunda mi casa.Quizá es de los pocos cantantes que me han acompañado, de una forma más o menos regular, desde mi adolescencia.
Hace algo así como casi 30 años que los escucho. Quizá tenía 15 ó 16 años cuando por vez primera llegó a mis oídos alguno de sus temas, gracias a Carmen, que en algún momento me pasó un disco y luego un libro de poemas y a Rosa, cuyo hermano pudo traer de la tienda de discos en la que trabajaba una cinta de Cohen que Rosa y yo escuchábamos una y otra vez embobadas.
Al poco tiempo compré el disco de los Grandes Éxitos, con temas como "Suzanne", "So Long, Marianne", "The Partisan"...
Con el paso de los años, llegaron otros discos, otros temas.
Cohen ha estado vinculado a mí en tantas ocasiones..En los momentos de tristeza, en los momentos de amor, en los de espera y en los de desesperanza. Durante casi 30 años, ha sido un compañero inseparable, y, aunque ausente durante largos períodos, en los momentos difíciles, su música asomaba, tímidamente: era como encontrar a alguien conocido en el que recostarme, al que abandonarme.
Aún así, hay un lugar y un instante del que jamás pordré desligarlo: el viaje de estudios al final del instituto, con Inma Palma de compañera de viaje: una mañana temprano, con bruma, en un café junto al río Neckar, y con la visión del castillo de Heildelberg al frente. En aquel momento, se oyeron unos compases de Suzanne, que inundaban aquél perdido café.
Y hoy, tres décadas más tarde, escuchando esa canción mientras escribo, se me ha venido de golpe toda mi adolescencia, todo ese tiempo que yo creé y que ya se ha ido, y me ha llegado, envuelta en las viejas notas de una canción, un olor, unos colores, y una compañía casi medio olvidada, la de esa amiga a la que tanto quise durante aquellos dulces años.
Hoy no puedo decir donde está y que ha sido de ella.
Tan sólo recuerdo que teníamos 17 años, y que allí, en esa ciudad pequeña de Alemania, de Europa, mientras saboreábamos un café, hablamos de filosofía y de arte, hablamos de historia y de amor.

domingo, 18 de febrero de 2007

La Madre Salud

Mamá en el Colegio. En 1º de Párvulos, con tres años.

Mi querida Leonor, ha pasado algún tiempo desde la última vez. El año escolar sigue su curso, y tú estás más crecida, más "hecha", como dice tu abuela. Estás abandonando los último rasgos de bebé, para ir accediendo, poco a poco y de forma imperceptible, al estatus de "niña pequeña".
Vas al "cole", y adoras a tu profe Quique.Yo sé que ese primer maestro tuyo, será una figura que quedará grabada para ti. Para siempre.En alguna ocasión me has dicho que no te gusta el cole nuevo, pero que Quique si, y que lo quieres mucho.
Esas cosas que me cuentas, han hecho que vuelva hacia atrás en mi memoria -tu tienes esa virtud para conmigo, puesto que haces que recupere mi propia infancia-.
Y recuerdo a la Madre Salud, una monja que fue mi primera maestra. Recuerdo que me tomaba en brazos, me sentaba sobre sus rodillas, me hablaba y me besaba. Tenía esa certeza de ser alguien muy especial para ella. Estuve todo aquel año con ella, aunque al final de curso, creo recordar, tuvo que marcharse, puesto que la trasladaban a otro convento.
No volví a verla hasta quizá un año más tarde. Recuerdo que el día que llegó, las madres de muchas de las alumnas del colegio, fueron a saludarla, era una monja y una profesora muy querida. Yo entré allí, al salón del colegio, ese salón al que muy pocas veces nos estaba permitido entrar a las alumnas. Me vió. Estoy segura de que me vió. Pero estaba rodeada de madres que le preguntaban cosas, madres enormemente altas, había mucha gente.
¿Por qué no me rescató? ¿Por qué no vino a verme? ¿Por qué no me tomó entre sus brazos y me besó como lo hacía antes, diciéndome lo guapa qué era, llamándome su niña?
Fue la primera vez en mi vida que me sentí abandonada, terriblemente abandonada.
Salí de aquel inmenso salón llorando. No recuerdo adónde fui, ni dónde me metí. No recuerdo qué hora era. No recuerdo nada más.Fui consciente de una tristeza devastadora, inmensa. Tenía cuatro años.
Es terrible sentir esto, y más aún que un niño lo sienta. Es por eso que te abrazo de forma constante -si, ya sé que a veces te agobio, y que gruñes cuando estás harta de que lo haga-. y te digo que te quiero -tú también me lo dices, el mundo es perfecto en esos instantes-.
No quiero que tengas ese sentimiento que a mí me llegó tan tempranamente, aunque sé que ciertas cosas no podré evitarlas.
La ausencia duele menos que el abandono, éste es más terrible, más demoledor, ya que es más consciente, más voluntario. Aunque yo algún día esté ausente, no voy a abandonarte.

sábado, 2 de diciembre de 2006

De la compasión y la misericordia

Mi querida Leonor, hace ya tiempo que no te escribo. Los días pasan aceleradamente. Ya estamos a escasos días de la Navidad. Y, en poco, muy poco tiempo, una fiebre voraz y consumista nos poseerá a todos.
Aún no tienes edad suficiente como para decirme mil cosas que quieres para los Reyes Magos, al contrario, todavía tienes ese comedimiento que da la tierna edad que tienes: una bicicleta 8un triciclo pequeño, se entiende) y un "cubo de enfermera", un maletín de médico es lo que yo entiendo.
Me dices que ponga también cosas que les pides a los Reyes para el abuelo, la abuela, y para mí.
Hemos escrito ya la carta, y estás emocionadísima con los adornos, y el belén, y todas esas cosas que convierten por unas semanas una casa en algo mágico.
Intento disfrutar todos estos momentos contigo, porque sé que llegarán otras navidades, otros años, en que las cosas no serán igual.
El televisor está puesto, y hasta aquí llegan las notas del Requiem de Mozart, en la televisión francesa.
Antes de que te acostaras, hemos estado las dos un ratito escuchando parte de esta obra. Enb muchos momentos, habla de la misericordia:Una misa de difuntos, el llanto por el alma de la persona muerta, que implora compasión y misericordia a Dios.
Pienso en estos sentimientos, y creo que este mundo por el que andamos, va muy cortito en ellos.
Creo que no existe otro sentimiento que conmueva más que la misericordia, esto es, la capacidad que tenemos de compadecernos de otras personas, o de otros seres.
No estoy de acuerdo cuando la gente considera como despreciable que alguna persona tome decisiones que nos afecten a nosotros movidos por la compasón, por "pena".
Siempre he pensado, al contrario, que la compasión es un sentimiento tremendamente fuerte, y deseable. Es cuando el otro, el que está fuera de mí, es capaz de ponerse en mi lugar, de sentir mi sufrimiento, mi temor, mi desgracia. Y la comprensión de ello le produce dolor, al igual que a mí.
Es lo que se llama empatía, que es como decir: te comprendo, te entiendo, y te "siento". Comparto contigo tu dolor, y tus emociones, y esa comprensión de ti, me hace ayudarte, porque no podría dejar de hacerlo.
Qué sentimiento tan fuerte, Leonor, y qué necesario es en este mundo.
Poder decirle a alguien, a cualquier sufriente, que "te comprendo hasta el dolor".
Buenas noches, Leonor mía.
Siempre te comprenderé hasta ese punto.

lunes, 9 de octubre de 2006

Sobre la rutina, la costumbre y la felicidad

Hace algún tiempo que tengo olvidado este blog. Encontrar un momento de paz y de sosiego en este turbulento septiembre-octubre, comienzo de curso aquí en España, es algo difícil.
Vuelta al trabajo, a la rutina, a la costumbre.
Y, aunque desde fuera se contemple esto como algo aburrido, algo de lo que cualquier mortal pretendería huir, yo, te confieso Leonor mía, que adoro lo rutinario, lo acostumbrado.
Especialmente por la seguridad y la confianza que me da el hecho de que eso se repita.
Me gusta que se repitan las mañanas contigo, oírte decirme, quedo, al oído: "Buenos días, mami, es de día".
Me gusta la luz que entra discretamente por la ventana, y que nos va despertando a las dos poco a poco.
Me gusta prepararte el desayuno los domingos, y preparárselo a los abuelos, que vienen a desayunar también con nosotros.
Me gusta vestirte como una muñeca, y salir a la calle contigo, y llevarte de compras, o de paseo.
Me gusta que te sientes, como siempre, en mi regazo, "en el sillón de mami", como lo llamamos, y te quedes dormida en mis brazos.
Me gusta las veces que jugamos con la abuela, las tres juntas, y reímos, y la abuela recuerda cosas que te cuenta ahora a tí, y que hace cuarenta años me contaba, con el mismo tono, las mismas expresiones, a mí.
Me gusta esta rutina tranquila y segura, en definitiva, esta felicidad.
Y me da miedo perderla.
Mi mundo es una cuerda floja, en la que siento hago constantes equilibrios para no caer a ese vacío que temo y me atormenta.
Mi mundo es, también, un fiel reflejo del mundo de todos: un equilibrio inestable y precario que en cualquier momento, puede destruirse.
Una pueba nuclear en Corea del Norte, más tensión en Asia, más daño al planeta, más lejos de la paz, más cerca del vacío.
Hoy, no dejaba de pensar a qué clase de mundo te he traído, qué clase de mundo os vamos a dejar a los que ahora sois pequeños.
Desearía tener el poder de hacer algo.
Desearía poder saber qué hacer.

lunes, 21 de agosto de 2006

Feliz cumpleaños

Mañana es tu cumpleaños. Tres años que se han pasado casi sin tener tiempo para tocarlos.
Y me recuerdo, una noche como hoy de 2003, de un verano cálido y ardiente, sin poder dormir ya, sin poder conciliar el sueño, sabiendo que al día siguiente nacerías, un viernes, bajo el signo de Venus.
¿Cómo puedo describirte lo que sentía sabiendo que unas horas más tarde, estarías naciendo?
Una noche como esta, de hace tres años, me estaba despidiendo de ti, porque era la última noche que te tendría así, pegadita, dentro de mí, formando parte de mí misma.
Durante nueve meses fue una historia particular: el mundo por un lado, y yo por otro. Yo contigo, indisolubles.
Feliz cumpleaños, mi amor.

viernes, 4 de agosto de 2006

Lejos de Beirut

Últimamente evito las noticias de la televisión. Las imágenes que vienen de Beirut, de Irak, o de otros lugares del mundo me dejan consternada. No dejo de pensar en la suerte que he tenido al nacer donde lo he hecho, y, por tanto, no puedo evitar establecer comparaciones, y sentirme enormemente frívola al contemplar los resultados.
Pensamos solo en poseer: cosas, objetos, personas. Ambicionamos todos los posibles aspectos materiales que la vida nos pueda ofrecer, y esa ambición puede no tener límite.
Hace más de cuarenta años que mis padres se casaron. En aquella época, todo era diferente.
Se casaron tus abuelos, y no disponían de casa propia, ni tenían ésta amueblada completamente. Cuando compraban una prenda de vestir, recuerdo aún que muchas veces se decía, alabando su calidad: "Te durará para siempre".
Hoy en día nos aterra que un abrigo, un pantalón, no se estropee, porque, entonces, debemos buscar más excusas para comprarnos otros.
Antes se heredaba con orgullo el traje que tu padre había dejado como nuevo, objetos que la generación anterior había usado, se trasladaban a la siguiente, y uno se emocionaba al recibirlos. Quizá esto ocurría porque existían pocas cosas, y tenían el valor que se merecen.
Hoy hay tantas, estamos tan cosificados, que el valor viene más determinado por el número.
(Tengo tantos pisos, varios coches, estas joyas, tantos zapatos.....plurales y más plurales).
El otro día mi madre dijo algo que me estremeció: "Tú te has gastado más dinero en chupetes que yo en criarte a ti y a tus hermanos".
Mis padres, como los padres de la generación anterior, unían sus vidas en la juventud, para trabajar y proyectar la vida juntos. Sabían que les esperaban años de esfuerzo y sacrificio, de ahorro, de criar a los niños, de vivir, en definitiva.
Eran jóvenes, tenían la vida por delante, y no existía el miedo.
Ahora, cuando una pareja se casa, debe tener casa propia, amueblamiento completo, coche, etc...(Y, por supuesto, los hijos deben tenerlo todo, y no carecer de nada ) materialmente hablando, claro.
Qué clase de niños estamos criando? No es malo el esfuerzo y el sacrificio, porque fortalece nuestro carácter, y hace que valoremos lo que tenemos, que cobre un significado. Incluso el sufrimiento puede aportarnos algo positivo, y es la carga de humanidad que nos deja, puesto que nos despoja de nuestra arrogancia.
He visto algunas navidades, cuando hemos saturado a los niños de juguetes (cuatro, cinco paquetes para cada niño), ir abriendo un regalo y sin apenas mirarlo, pasar al siguiente, y luego decir ¿Y no hay más? Decidimos entonces que uno sólo y listo.
Creo que hay que despojarse de las cosas, literal y figuradamente. Cuando lo haga, sé que lo que quede seré yo.
No deseo ahogarte entre la posesión y la frivolidad que nos inunda. Porque sería como tender una cortina entre ti y el mundo, y lo que sería peor, porque sería como colocarte una máscara que evitaría que tu misma te contemplases tal cual eres.
Para saber qué es lo que realmente tiene para mí valor, intento imaginarme qué sería lo que por encima de todo, me gustaría que llegase a tus manos. Y, está claro: de todo lo que inunda mi casa en cuanto a objetos se refiere, lo realmente importante, cabría en una caja. Todo lo demás, debería de sobrarme.
Qué cosas, ¿verdad, Leonor? Ni un solo libro salvaría de los varios miles que me rodean, salvo tres o cuatro (son los que tengo desde la infancia:La isla del tesoro, uno de L.M.Alcott, Guillermo Tell, uno sobre expediciones al Polo Norte, y la Biblia que me regaló la abuela, dedicada por ella).
Cuando naciste, no quise comprarte ninguna cuna, porque me pareció que el mejor sitio donde podías dormir era en la cunita donde tus primos durmieron cuando eran pequeños, ya que era la más antigua que teníamos. Recuerdo la vieja cuna de madera que había en la antigua casa del pueblo, una cuna hecha a mano, y por la que al menos habían pasado tres generaciones, yo incluída. Me hubiera gustado que tú la hubieras disfrutado, que hubieras dormido en ella, impregnada de una decena de niños que nacieron en la familia y vivieron durante el último siglo.
Y me hubiera encantado conservar el vestido con el que me bautizaron, porque hubiera sido para ti. De todas formas te guardo el que tú llevaste, con la esperanza de que tu hija o hijo lo lleve también.
Siguen cayendo bombas sobre Beirut, sobre el país de los cedros, sobre la antigua Fenicia. Sigue habiendo dos lados del mundo. Por ahora estamos en el más afortunado.

sábado, 29 de julio de 2006

Adiós, cole.

El próximo lunes, es el último día en el que ha sido tu primer colegio. Tu "cole", como lo llamas.
Durante casi año y medio, has estado allí, y te lo has pasado bien, y has reído y llorado. Aún recuerdo tus primeros días, tan pequeña , con doce meses tan sólo. Te dejaba llorando y te recogía llorando durante el primer mes y medio. Luego, te acostumbraste a estar allí, y cuando iba por tí, ya no llorabas, todo lo contrario.
Pronto cumplirás tres años, y ya irás al cole nuevo, como decimos, al cole de los niños grandes.
Un etapa que se acaba, la del jardín de infancia, la etapa de los bebés, la edad de la ternura, como algunos psicólogos la llaman.
Aún puedo decir que tienes dos años y unos meses. Al final del verano, cumplirás los tres.
Y tú, sin embargo, te empeñas en continuar siendo un bebé, como si percibieses que ya te queda poco tiempo para serlo. Cuando me dices que quieres que te tome entre mis brazos, sentada en el sillón, me dices: "Mami, yo bebé". Y es que tienes la intención de que te arrulle en mi seno, y te de besos pequeños y livianos, como se hace con los bebés, que no los puedes estrujar por temor a hacerles daño.
Así quieres que haga contigo, y que te pase el dedo por la frente, por la nariz, por los labios, para decirte a continuación, bajito, que sí, que eres mi bebé, mi niña pequeña.
Y sí, Leonor, parece que con tan pocos años te has dado cuenta de este tiempo tan breve que se nos ha dado, y quieres, en tu inocencia, aferrarte a ese mundo y a ese tiempo, esa edad de la ternura que ya se te está empezando a escapar.
Por eso quiero darte los mejores recuerdos en estos años. Soy consciente de lo importante que es esto, porque redescubro mi propia infancia dándote a ti esta, porque el tener hijos y cuidarlos, también es una forma de volver a ser niño nuevamente.
Y juego contigo, y hago cosas, de la misma forma y manera que mi madre las hizo conmigo.
El lunes iremos al cole. Estarás con tus amiguitos, tus primeros amigos. A algunos ya no los verás, puede que con algún otro coincidas en el cole nuevo.
Cuando salgamos, dirás de nuevo "Adiós, cole, mañana otra vez". Pero esta vez, será un adiós definitivo al cole de los pequeños.
Y ya, tendré que empezar a decirte, poco a poco, que no, mi vida, que ya vas siendo una niña grande, una preciosa y guapa niña grande. Y aunque siempre serás para mí mi bebé, ya no podré decírtelo.

domingo, 25 de junio de 2006

Gusanitos de seda

Calor....mucho calor....
Verano encima, aplastante, después de casi un mes de junio atípico.
Nunca me gustaron estas fechas. De hecho, cuando el almanaque va caminando hacia abril, empiezo a ponerme nerviosa, a angustiarme.
La ciencia diría que es la astenia primaveral -que puede prolongarse hasta bien entrado el mes de junio-.
Ese especial estado en que mucha gente arrastra su persona por las calles de esta Andalucía seca y polvorienta, camino del trabajo, o de las facultades, o de donde sea.
Afortunadamente, hay eso que por aquí llamamos siesta, cuya duración es variable, y depende de la edad, el trabajo, el tiempo de que se disponga, y si se tiene o no pequeños que permitan disfrutarla.
Antes de que llegaras, yo podía pegarme casi tres horas deliciosas de siesta en cama, sin ropa. Cierto es que me levantaban de "aquella manera", pero, bueno, y ¿qué?
Por aquél entonces Clarita, la reina de los gatos, vivía conmigo.
Eran los tiempos de Ronda, y empezaba una monumental siesta a eso de las tres y media de la tarde, y la concluía hacia las seis y media o siete. Clarita, la gata, bostezaba conmigo, y se acostaba y se levantaba conmigo también.
Julia decía que era "un gusanito de seda", siempre enredada en las sábanas de la cama.
Ahora ya no lo hago. Sólo diez minutos, mientras te tengo en brazos para dormirte a ti, porque ahora eres tú mi gusanito, que anida entre almohadones un breve par de horas.

viernes, 23 de junio de 2006

San Juan

Noche de San Juan.
Mágica noche donde las haya. Ahora debe haber un montón de gente haciendo hogueras liberadoras, quemando en ellas el pasado, lo pasado, lo que ha de ser olvidado, lo irrecordable.
Tomaré agua y la dejaré a la luz de la luna, y, Leonor, dejaré que la luna se mire ahí, y después tu y yo también nos miraremos, y se nos quedará una leve luz lunar en nuestro rostro.
Vagaremos esta noche abriendo puertas mágicas a otros mundos, porque sólo unos pocos sabemos que hay un sólo instante para ir a esos territorios desconocidos, donde existe la magia, donde lo que no es acaba siendo, y donde lo que se nombra cobra realidad.
Te llevaré cogidita de la mano por esos mundos extraños donde aún no han muerto las hadas ni los magos, donde la luna mira a sus hijas y las acuna y las protege.
En la noche de San Juan, al lado del Mediterráneo.

martes, 20 de junio de 2006

Hormiguitas

Aún voy como una loca por ahí, terminando de preparar este interminable final de curso. Me gustaría poder sentarme más a menudo ahí, contigo, hablándote o jugando a tu lado, hasta caer rendida.
Aún no puede ser, aunque siempre hay un hueco para mimarte, para comerte a mordisquitos y hacerte cosquillas...que sé que te encanta y te gusta, "hormiguitas", como tú las llamas: "Mami, hormiguitas....en el brazo....en la espalda...."
Y sé que eres mosconcilla, y que te encanta que te haga esas "hormigas"...qué tiempo tan feliz estoy viviendo...y tú mi amor, igual.
Quedo citada contigo para escribirte en breve.
Buenas noches, amor.

viernes, 2 de junio de 2006

Una opinión médica



Ahí ando, a unas semanas de las vacaciones. Deseando, acabar ya de corregir exámenes, asistir a clases, estar con los alumnos, etcccc.................
Cuando veo a muchos de los chicos y chicas, adolescentes todos, me pregunto que será de ti cuando llegues a esa edad tan particular y única.
Mientras eso ocurre, te veo crecer, te veo aprender.
Ahora llevo unos días que estoy de médicos. Por ti, cariño mío. Dicen que puede ser que algo que se llama síndrome de Riley-Day, lo tengas. Sé que no lo tienes, pero si así fuera, ya estoy acumulando dosis infinitas de amor para ti.

domingo, 14 de mayo de 2006

Cerca de mí

Duermes tan cerca de mí en este momento que oigo tu respiración y tus movimientos. Oírlos me tranquiliza y me serena...También me da fuerzas.
Hoy no he visto noticias en la televisión, ni las he escuchado en la radio, nada. He ignorado al mundo -¿un acto de arrogancia?- y me he centrado en los quehaceres más cotidianos: ordenar la casa y estar contigo, jugar, verte, oírte, y reírme casi a carcajadas por las cosas que haces, que te observo que haces...
Qué simple es la felicidad...qué cotidiana, qué sencilla. Qué cerca está de nosotros cuando vamos tan lejos a buscarla.
Mi querida Leonor, qué de vueltas he dado, antes de darme cuenta que el sitio del que partía era en realidad el lugar al que aspiraba.

miércoles, 10 de mayo de 2006

Tu imagen

Esta es una de las fotografías que más me gusta de ella. En la fecha que indica aún no tenía los ocho meses.
Está tan seria como de costumbre, pero me impresiona su mirada.

martes, 9 de mayo de 2006

Inicio el blog para Leonor


Inicio este blog pensando en ella, en Leonor. Siempre ando pensando en cosas que me gustaría decirle o contarle, reflexiones o irreflexiones que andan por ahí, pero que considero que de alguna manera, puede ser importante para ella en algún momento.
Me gustaría que participárais en él, escribiéndole cosas o escribiéndomelas a mí.
Por supuesto que cualquiera que se deje caer por esta región de este planeta virtual, también puede hacerlo.