sábado, 1 de noviembre de 2008

Et in Arcadia Ego

A principios de los 80 apareció en la televisión una de las series que más me han impactado.
Retorno a Brideshead, basada en la obra del mismo nombre de Evelyn Waugh, la vi la primera vez con unos 17 o 18 años, la misma con la que los protagonistas empiezan la historia.Una serie inglesa, exquisita, como todas las series inglesas que se rodaron por aquella época.
Hace unos días he leído que se ha hecho una nueva versión de la obra, sin embargo, a mí me resultará enormemente difícil ponerle otro rostro a Charles Ryder y a Sebastian.
Recuerdo los primeros capítulos, que comenzaban así: Et in Arcadia ego. Y en realidad era eso. Así me sentía yo cuando vi esta serie la primera vez, finalizando mi adolescencia.
He tenido la oportunidad de ver tres veces la serie, en diferentes momentos. Y nunca dejó de sorprenderme y fascinarme esa indolencia, esa forma de tratar el tiempo en esos primeros años en que Ryder y Sebastian se conocieron.
En parte, así se siente todo aquél que es joven: hay cosas que son sólo patrimonio de esa edad; esa inconsciencia, esa indolencia, la ausencia de proyección hacia el futuro, la nimiedad, la levedad de las cosas...

Et in Arcadia ego....
...cuando me refugiaba en las habitaciones perdidas de la casa del pueblo a leer, de pequeña.
...aquellos veranos de los últimso años del colegio.
....cuando entré en el instituto.
...cuando iba con Inma Palma los sábados por la tarde al cine.
...la noche que Rosa se quedó en mi casa y estuvimos hasta el amanecer imitando a las compañeras de clase.
...los cigarrillos fumados en la terraza de Lucena, con Carmen.
...el primer paseo con Antonio el de Cartuja.
...una tarde en el Parque del Oeste en Madrid.
...las mañanas, cuando iba al conservatorio.
...un mediodía, con Rosa y seis cervezas en el Zeluán.
...una noche junto al mar, en Almuñécar.
...la llegada de una carta que hablaba de pompas de jabón.
...el viaje a Cantabria con mi hermano.
...una noche cerca de las estrellas, en un perdido pueblo de Ávila.
...un paseo junto a las murallas de esta ciudad, con Josep.
...los nueve meses que estuviste conmigo.
...los paseos contigo durante tu primer invierno.

Cuando el tiempo se nos iba con toda la placidez y sin congoja entre las manos, cuando aún podíamos sin nungún tipo de rubor, llevar a Aloysius de la mano.

martes, 7 de octubre de 2008

Mi tía Bel

Hace un par de meses, leí un breve cuento de esos que se reparten en el autobús. De un tiempo a esta parte los autobuses constituyen para mí un punto de encuentro con la poesía y la literatura.
Un relato exquisito de Ana María Moix, titulado "Mi tía Bel". La historia de un tía alocada, extravagante, viajera, y excéntrica. Que había tocado los quehaceres artísticos, y que seguía soltera, pese a tener sus amantes (¿a quién me recuerda?).
Un argumento en el que reconocía cierta afinidad conmigo, al menos en un cierto período de mi vida.
Antes de morir, escribe esta nota a su sobrino:

"Nos equivocamos. Nos pasamos la existencia buscando a la persona ideal para vivir con ella, pero nos equivocamos: lo importante es saber elegir no con quién queremos vivir, sino con quién queremos morir."

Pienso en la esencia de estas palabras. He tenido vínculos especiales con algunas personas en mi vida. He pensado, cuando estaba con cada una de esas personas, en el deseo de compartir mi vida, toda mi vida con cada una de ellas.
Cada historia la he vivido de forma irrepetible, pera cada historia terminó.
Si ahora me pongo a hacer memoria, ¿realmente desearía que cualquiera de ellas estuviera conmigo en ese final?
Creo que es otro tipo de amor el que ando buscando, para el resto de mi vida y para ese momento en concreto.
Un amor incluso más rotundo que lo que he tenido.

martes, 30 de septiembre de 2008

Solo por hoy

Mi querida Leonor: llevamos más de un mes viviendo en casa de los abuelos. Aunque tú me dices que nos vayamos a nuestra casa, que la echas de menos, yo aún no me atrevo.
Sabes, aunque no lo escriba, qué es lo que me ocurre. Tú misma me dices: "Mami, no te preocupes, no pasa nada".
Viviendo con el miedo, como casi siempre, esa es mi costumbre.
Miedo a no verte crecer, miedo a que te ocurra algo, miedo a que me ocurra algo, miedo a no poder o a poder demasiado.
Reconozco que los últimos veinte años el miedo me ha poseído: miedo a empezar una relación y miedo a perderla una vez iniciada.Miedo a perder la felicidad presente, e incapacidad para disfrutarla pensando en la pérdida futura.
No puedo ni debo seguir así.
Ahora bien, ¿cómo lo hago?
Mi programa de Doce Pasos hace un hincapié fundamental en el Solo por Hoy: vive el presente, solo este momento, soltar riendas y dejar las cosas en manos de Dios.
Es curioso, sólo los humanos pensamos en futuro, al menos de la forma en la que lo hacemos. El resto de los seres vivos sienten lo que son ahora, lo que viven ahora.
Siempre lo he dicho, aunque no me he aplicado el tiempo: hay que ser más animales, hay que recobrar una buena dosis de la animalidad perdida: empezar a dejar de pensar, sentir y temer lo que no existe.
Al menos procurar que mi existencia no gire en torno a eso. Y aunque piense en futuro ciertas cosas, tener los pies, el corazón y la mente en el momento presente.
Para las dos.

lunes, 14 de julio de 2008

Libros de otro tiempo

Después de más de dos meses de albañiles, electricistas (que deben darse otra vuelta), pintores y limpieza(que aún no he terminado), hemos vuelto las dos de nuevo a casa, a nuestra casa. Dos meses con los abuelos, para evitar el lío que había aquí montado, pero hace algo más de una semana, hemos retornado.
Había que ponerlo todo en orden nuevamente, limpiarlo, quitar polvo, en fin, todas esas cosas. Y con tanto movimiento y tanta limpieza, he ido econtrando cosas que tenía olvidades o a las que le había perdido la pista; cosas que sabía que estaban pero no dónde; o cosas que había dado por perdidas y han vuelto a dar señales de vida.
Entre todo ese maremágnum, han asomado, como un pequeño tesoro, mis primeros libros, los primerísimos.
Esos que llevan unos 35 años conmigo, que he leído decenas de veces, que han constituído para mí un auténtico refugio y solaz.
Hay dos especialmente que los guardo como un tesoro, y espero que tu los leas en algún momento: "Corazón de Oro" de Louise May Alcott, y "Tocón en el Polo", de Aldo Berti, una serie de aventuras con un personaje, Tocón, que corre sin ningún problema aventuras en la Edad Media o en el Polo actual. Cosas de la literatura.
Ambos libros me los trajo mi tío Eduardo, que recuerdo aparecía de vez en cuando por casa y que traía cosas fantásticas y maravillosas de sitios que para mí eran extraños y lejanos.
Esos dos libros que él me regaló me transportaron también lejos. Especialmente el último. Creo que mi interés por los lugares fríos, solitarios, silenciosos, nació con la lectura de este libro, que me permitió a los 9 años (recuerdo la edad que tenía cuando me lo dio) conocer la historia de las expediciones al Polo, conocer la existencia de Ross, de Peary, de Amundsen.
Conocí las gestas y los asaltos de tantos otros anteriormente, y de sus penalidades. Supe en qué consistía invernar en el Polo, y los riesgos que entrañaba, las temperaturas a las que se llegaba, y las heroicidades de muchos de los hombres que buscaron alcanzar ese ansiado Norte.
Buscaba las ciudades que aparecían en el libro, y que para mí eran lugares irreales y maravillosos: Godhavn, Upernavik, Trondheim... Me recuerdo a mí misma sentada junto a la mesa camilla, en verano, durante las vacaciones, y miraba con todo el embobamiento del mundo en el atlas el Polo Norte y toda la región del Ártico, las islas, los pasos, las rutas que seguían los barcos cuando se dirigían buscando la latitud máxima.
Y luego, saltaba de página, mirando esos territorios aún más desconocidos de la Antártida: ¿quién era esa Reina Maud que puso nombre a ese enorme territorio del Sur? ¿Y quién María Byrd, cuyo nombre también aparece en los mapas dando nombre a una extensa tierra de la Antártida?
Me parecía tan maravilloso que esos nombres tan desconocidos resonaran por aquellos lugares, nombres de reinas de lugares deshabitados...
Era la edad en que para adentrarse en la aventura, sólo teníamos que imaginar.
Toda mi gratitud para esa persona que puso en mis manos, sin saberlo, un libro que dejó en mí tantas emociones.

sábado, 3 de mayo de 2008

Biografía de un hombre con miedo

Hoy he ido en autobús. De vez en cuando, y debido a algún arrebato inspirador de alguien de la empresa de transportes, estos autobuses urbanos ofrecen una visión hermosa si dirigimos la mirada hacia el punto adecuado. En uno de los cristales, a la altura de mis ojos, había un poema, un cartel conmemorando no se qué festival poético: habían colocado un poema de alguno de los invitados. Lo leí. He buscado en internet a la autora -totalmente desconocida para mí- y el poema -aún más desconocido-.
Quizá ha venido como anillo al dedo, al recordar a gente, personas, de la "otra" generación, la de mis padres o la de mis tíos, algunos de ellos ya han empezado a dejarme, a dejarnos.
Una generación que, desde mi punto de vista, ha tenido más valía que la mía, aunque el reconocimiento llega tarde.
Leí el poema con un deje de nostalgia y de tristeza, especialmente porque ese poema, sin saberlo, lo he visto hacerse en la vida de muchos de los que me han precedido.
Cada generación deja una huella irrevocable en la historia de este mundo. Me pregunto cuál será la huella que deje la mía.

Biografía de un hombre con miedo

Mi padre tuvo pronto miedo de haber nacido.
Pero pronto también
le recordaron los deberes de un hombre
y le enseñaron
a rezar, a ahorrar, a trabajar.
Así que pronto fue mi padre un hombre bueno.
(“Un hombre de verdad”, diría mi abuelo).
No obstante,
—como el perro que gime, embozalado
y amarrado a su estaca— el miedo persistía
en el lugar más hondo de mi padre.
De mi padre,
que de niño tuvo los ojos tristes y de viejo
unas manos tan graves y tan limpias
como el silencio de las madrugadas.
Y siempre, siempre, un aire de hombre solo.
De tal modo que cuando yo nací me dio mi padre
todo lo que su corazón desorientado
sabía dar. Y entre ello se contaba
el regalo amoroso de su miedo.
Como un hombre de bien mi padre trabajó cada mañana,
sorteó cada noche y cuando pudo
se compró a cuotas la pequeña muerte
que siempre deseó.
La fue pagando rigurosamente,
sin sobresalto alguno, año tras año,
como un hombre de bien, el bueno de mi padre.

La autora es Piedad Bonnett, colombiana.

martes, 15 de abril de 2008

Nila

Hoy ha muerto Nila. Ha estado con nosotros desde 1999. Fue en septiembre de ese año, cuando la trajeron a casa: una pequeña bola blanca diminuta, suave. Tan pequeña era que no podía bajarse sola del sillón.
Cuando bajábamos a la calle con ella, llamaba la atención. Probablemente, y hasta su muerte, halla sido la perra más juguetona de toda la plaza, corriendo detrás de la gente y los vecinos que conocía.
Era tan bonita...
Ha estado junto a mí en muchos momentos, en buenos y malos momentos.
Hoy yo le he dicho al veterinario que la sacrificara, tan mal estaba. Un tumor la estaba carcomiendo por dentro.
Estaba medio consciente cuando yo llegué a la clínica. Nila...¿cómo estás, pequeña?
Un sólo quejido, levantó la cabeza un poco, luego volvió a dejarla en su sitio, cansada, dolorida tras una operación que casi de antemano se sabía inútil.
Siempre pensé que viviría más, que la vería viejecita, andando despacito por la misma plaza de siempre.
Nila...¿recuerdas las siestas en el sillón? Venir del trabajo, almorzar, y echarme un rato mientras veía esos programos soporíferos del mediodía. En esos momentos llegaba ella y se subía encima de mí, sobre mis piernas: dormíamos un buen rato las dos juntas.
¿Recuerdas los regalos de Reyes?
Ese día había un regalo para ti también, alguna golosina o alguna lata especial y rica de comida.
¿Recuerdas los paseos? Cuando no tenía ganas de hablar con nadie, cuando llegaron los malos tiempos, yo me obligaba a sacarte a la calle, teniendo mi único contacto real con el mundo entonces, a través de ti.
Hoy me ha dado tiempo a decirte gracias. Por todo. Por esos buenos ratos, por las risas, por las caricias que me has dado.
Gracias Nila.
Hoy te he llamado por última vez. Sabía que aunque mejoraras levemente, ya estabas muy mal. No quería que siguieras sufriendo. Algo instantáneo, un leve estertor, y te quedaste dormida.
Andarás por el paraíso de los animales, probablemente por el mismo sitio por donde anda Clara, la reina de los gatos, que también se me fue tan pronto como tu lo has hecho.
Mi pequeña bola blanca, te echaré de menos siempre.
Ahora, no puedo seguir escribiendo.

viernes, 15 de febrero de 2008

Itaca

Hace ya bastante tiempo que no te escribo, aunque he estado tentada a anotar cualquier cosa muchas veces. Sin embargo, necesito que se de ese momento íntimo en el que puedo ahondar dentro de mí, y darle forma a lo que quiero decirte o contarte.
Quizá hoy, concretamente, sea otra persona la que hable por mí para ti. Paso a darte el poema de Kavafis, que, -otra vez Carmen- leí hace años.
No se me ocurren mejores frases, que las que este escritor dejó, sobre el tiempo, la vida, y el camino que se hace al recorrerla.
El otro día intenté imaginarte mayor, casi viejecita. Me río porque ni aún yo puedo imaginar eso de mí misma todavía. Pero dentro de 70 u 80 años, cuando este mundo esté irreconocible y sea aún más viejo, cuando de mí sólo perdure probablemente el recuerdo que tu me tengas, me gustaría imaginarte leyendo este poema que ahora pongo en tus manos:


"Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ella, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas."

martes, 11 de diciembre de 2007

Cosas que te gustan

Hace tiempo que quiero escribir aquellas cosas que te llaman la atención, y que observo que les dedicas un tiempo especial.
Por ejemplo, te gusta últimamente coger tornillos y destornilladores, martillos y demás, y ponerte muy en tu papel, intentando arreglar cualquier desaguisado.
Te gusta fijarte en las flores, en las más pequeñas especialmente, para luego acabar comiéndotelas. Te he visto así en el patio del colegio más de una vez, frente a una mata de pensamientos, mirando muy ensimismada los colores.
Te gusta coger las hojas de los árboles, esas hojas que han caído en este tardío otoño, y echarlas hacia arriba, y sentir cómo caen sobre ti.
Te gusta mirar atentamente el mapa enorme del colegio, ese que hay en el patio, hecho en el suelo, y que tiene las regiones, las montañas más importantes. Siempre que pasamos a su lado, te detienes y me preguntas que dónde estamos nosotros, en qué sitio vivimos.
Te gusta meterte cosas en el bolsillo del babi: hojas, papeles, algún muñeco pequeño,tus "tesoros", algunos de los cuales me encuentro cuando voy a lavarlo.
Te encanta meterte debajo de las sábanas, y taparte para que yo no te vea,y te busque, llamándote: Leonor, mi niña, se ha ido?? En ese momento tu carilla asoma, sonriendo: No!! Estoy aquí!!!
Te gusta abrazarme alguna que otra vez, y decirme:Mami, te quiero!!
Te gusta disfrazarte, y ponerte los disfraces y el traje de gitana, y los zapatos del baile.
Te gustan mis pinturas, mi maquillaje, mi lápiz de labios...y también me los destrozas con frecuencia, qué se le va a hacer....
Y a mí, me gusta que te gusten estas cosas.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Fin de semana

Hacía tiempo que no deseaba un fin de semana tanto. Este año el trabajo se me revela agotador, cansino, como hacía tiempo que no lo notaba.
Más que nada porque no veo resultados, evidencias, de que lo que hago tenga un fruto. Cómo puede enseñar una profesora en un centro de enseñanza secundaria en ésta época.
Me están empezando a aterrar los adolescentes, y, aunque intento eliminar ciertas ideas de mi cabeza, no puedo evitar concederles un tiempo cuando se asientan en mi pensamiento. Todos los años se repiten ciertos tipos en el aula: el pelotas, el payaso, el empollón, la ligona, el tímido... en fin, los mismos de siempre, pero con caras distintas. Sin embargo, el pinchaclases, ese alumno experto en ir boicoteando la labor diaria, (esa labor a la que le dedico tiempo aún fuera de mi lugar de trabajo, tiempo que le resto al tiempo de estar contigo), prolifera cada día más, con más mala idea si cabe según va pasando el tiempo.
No entienden que daría lo que fuera por llevarles a ese terreno dónde uno "ve" el mundo con otros ojos, con otra mirada. No saben lo que yo daría por dejarles en la puerta de ese mundo donde el conocimiento es un instrumento para el conocimiento propio.
Pero este curso, aún no he encontrado ninguno que se preste a ese recorrido. Su mirada no va más allá de sus narices, por decirlo de algún modo. Y tengo perfectos pinchaclases a razón de cinco por clase. Qué se le va a hacer. Y tú también, Leonor, llegarás a esa edad adolescente. Espero estar ahí para ti de la manera más conveniente, más útil.
La mayor parte de los problemas con esos adolescentes terribles se generan en casa, con unos padres terribles.
En fin, 48 horas para tranquilizarme, antes de verles de nuevo las caras.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Un post rapido

Hace pocos días que ha empezado el cole.
No has sentido la tristeza y la pena que sentiste el año pasado por estas fechas, cuando llorabas desconsolada tras los cristales de esa ventana que Quique, tu profe, llamaba la "ventana del adiós".
Recuerdo que el curso anterior, os apelotonábais todos en la ventana, llorando al despedir tras ella a las mamás. A veces, se atistaba un empujón, que alguno daba al de al lado para coger sitio y así poder contemplar mejor a su mamá, que desde el patio, saludaba a la personita que se asomaba a la ventana.
Así te vi yo muchos días, hace ahora un año.
Has crecido. Estás más independiente. Te despides sonriendo, y sólo te asomas a los cristales si te lo pido, y te digo:"Leonor, asómate por la ventana y me dices adiós".
Porque ahora -lo que son las cosas- soy yo la que te pido que me despidas, y me mandes un beso. La que se va con el corazón en un puño, pensando en ti toda la mañana, hasta que vuelvo a verte.
Buenas noches, mi amor.

martes, 1 de mayo de 2007

Paisajes



Hoy he tropezado con esta imágenes que he encontrado en la red: los Andes y el cono sur de América y la plateada Antártida. Me sorprende lo hermosa que es la Tierra así, de lejos; me sorprende también que para que nos impacte nuestro planeta, y tengamos conciencia de su belleza, tengamos que alejarnos de él al menos unos cientos o miles de kilómetros.
Parece que es entonces, cuando una fotografía nos muestra tan distanciados de la Tierra, cuando nos damos cuenta lo hermosa y lo maravillosa que es.
Eso me lleva a otra cuestión: Cuando nos alejamos de algo, o sentimos que lo perdemos, es cuando empezamos a preocuparnos, y a valorarlo.
En los últimos días he estado escuchando un montón de noticias sobre el cambio climático, la irreversibilidad del mismo y otras cuestiones parecidas. No hacemos nada, no se hace nada.
Ví el otro día en el periódico, una noticia sobre un pajarillo, semejante a una codorniz, que vivía en Andalucía occidental, y que no se la ve desde hace más de diez años. La última fue cazada. Creo que el pájaro recibía el nombre de Torillo andaluz. La van a dar por extinguida.

El Torillo Andaluz
Es dolorosísimo que una noticia así, no impacte más a la gente, no inunde las primeras páginas de los periódicos. Solo una fotografía testimonial de esa pequeña ave, en el suplemento dominical, en el ángulo superior izquierda de una página central. Y, mientras tanto, lo absurdo cobra tintes épicos adquiere una importancia desmesurada: el mismo día, un par de páginas para hablar de los 999 goles de Romario, que está bien, pero que desde luego no hay comparación.
A principios de abril, se conocía la noticia de la extinción del Delfín de aleta blanca, un delfín que surcaba las aguas del Yang-Tsé. Se le conocía por baijí, y según cuenta la leyenda, era la reencarnación de una princesa arrojada por su familia al río por no casarse con un hombre al que no amaba. Era símbolo de paz y prosperidad.
Me desesperan oír estas noticias, me desgarran por dentro. Quizá porque presiento que todo va acelerándose, caminando hacia un final terrible e ineludible.
Estas cosas me parecen auténticos crímenes, de nuestra especie hacia otras especies.

sábado, 17 de marzo de 2007

Heildelberg, 1981

Hace tiempo que la música de Cohen no inunda mi casa.Quizá es de los pocos cantantes que me han acompañado, de una forma más o menos regular, desde mi adolescencia.
Hace algo así como casi 30 años que los escucho. Quizá tenía 15 ó 16 años cuando por vez primera llegó a mis oídos alguno de sus temas, gracias a Carmen, que en algún momento me pasó un disco y luego un libro de poemas y a Rosa, cuyo hermano pudo traer de la tienda de discos en la que trabajaba una cinta de Cohen que Rosa y yo escuchábamos una y otra vez embobadas.
Al poco tiempo compré el disco de los Grandes Éxitos, con temas como "Suzanne", "So Long, Marianne", "The Partisan"...
Con el paso de los años, llegaron otros discos, otros temas.
Cohen ha estado vinculado a mí en tantas ocasiones..En los momentos de tristeza, en los momentos de amor, en los de espera y en los de desesperanza. Durante casi 30 años, ha sido un compañero inseparable, y, aunque ausente durante largos períodos, en los momentos difíciles, su música asomaba, tímidamente: era como encontrar a alguien conocido en el que recostarme, al que abandonarme.
Aún así, hay un lugar y un instante del que jamás pordré desligarlo: el viaje de estudios al final del instituto, con Inma Palma de compañera de viaje: una mañana temprano, con bruma, en un café junto al río Neckar, y con la visión del castillo de Heildelberg al frente. En aquel momento, se oyeron unos compases de Suzanne, que inundaban aquél perdido café.
Y hoy, tres décadas más tarde, escuchando esa canción mientras escribo, se me ha venido de golpe toda mi adolescencia, todo ese tiempo que yo creé y que ya se ha ido, y me ha llegado, envuelta en las viejas notas de una canción, un olor, unos colores, y una compañía casi medio olvidada, la de esa amiga a la que tanto quise durante aquellos dulces años.
Hoy no puedo decir donde está y que ha sido de ella.
Tan sólo recuerdo que teníamos 17 años, y que allí, en esa ciudad pequeña de Alemania, de Europa, mientras saboreábamos un café, hablamos de filosofía y de arte, hablamos de historia y de amor.

domingo, 18 de febrero de 2007

La Madre Salud

Mamá en el Colegio. En 1º de Párvulos, con tres años.

Mi querida Leonor, ha pasado algún tiempo desde la última vez. El año escolar sigue su curso, y tú estás más crecida, más "hecha", como dice tu abuela. Estás abandonando los último rasgos de bebé, para ir accediendo, poco a poco y de forma imperceptible, al estatus de "niña pequeña".
Vas al "cole", y adoras a tu profe Quique.Yo sé que ese primer maestro tuyo, será una figura que quedará grabada para ti. Para siempre.En alguna ocasión me has dicho que no te gusta el cole nuevo, pero que Quique si, y que lo quieres mucho.
Esas cosas que me cuentas, han hecho que vuelva hacia atrás en mi memoria -tu tienes esa virtud para conmigo, puesto que haces que recupere mi propia infancia-.
Y recuerdo a la Madre Salud, una monja que fue mi primera maestra. Recuerdo que me tomaba en brazos, me sentaba sobre sus rodillas, me hablaba y me besaba. Tenía esa certeza de ser alguien muy especial para ella. Estuve todo aquel año con ella, aunque al final de curso, creo recordar, tuvo que marcharse, puesto que la trasladaban a otro convento.
No volví a verla hasta quizá un año más tarde. Recuerdo que el día que llegó, las madres de muchas de las alumnas del colegio, fueron a saludarla, era una monja y una profesora muy querida. Yo entré allí, al salón del colegio, ese salón al que muy pocas veces nos estaba permitido entrar a las alumnas. Me vió. Estoy segura de que me vió. Pero estaba rodeada de madres que le preguntaban cosas, madres enormemente altas, había mucha gente.
¿Por qué no me rescató? ¿Por qué no vino a verme? ¿Por qué no me tomó entre sus brazos y me besó como lo hacía antes, diciéndome lo guapa qué era, llamándome su niña?
Fue la primera vez en mi vida que me sentí abandonada, terriblemente abandonada.
Salí de aquel inmenso salón llorando. No recuerdo adónde fui, ni dónde me metí. No recuerdo qué hora era. No recuerdo nada más.Fui consciente de una tristeza devastadora, inmensa. Tenía cuatro años.
Es terrible sentir esto, y más aún que un niño lo sienta. Es por eso que te abrazo de forma constante -si, ya sé que a veces te agobio, y que gruñes cuando estás harta de que lo haga-. y te digo que te quiero -tú también me lo dices, el mundo es perfecto en esos instantes-.
No quiero que tengas ese sentimiento que a mí me llegó tan tempranamente, aunque sé que ciertas cosas no podré evitarlas.
La ausencia duele menos que el abandono, éste es más terrible, más demoledor, ya que es más consciente, más voluntario. Aunque yo algún día esté ausente, no voy a abandonarte.

sábado, 2 de diciembre de 2006

De la compasión y la misericordia

Mi querida Leonor, hace ya tiempo que no te escribo. Los días pasan aceleradamente. Ya estamos a escasos días de la Navidad. Y, en poco, muy poco tiempo, una fiebre voraz y consumista nos poseerá a todos.
Aún no tienes edad suficiente como para decirme mil cosas que quieres para los Reyes Magos, al contrario, todavía tienes ese comedimiento que da la tierna edad que tienes: una bicicleta 8un triciclo pequeño, se entiende) y un "cubo de enfermera", un maletín de médico es lo que yo entiendo.
Me dices que ponga también cosas que les pides a los Reyes para el abuelo, la abuela, y para mí.
Hemos escrito ya la carta, y estás emocionadísima con los adornos, y el belén, y todas esas cosas que convierten por unas semanas una casa en algo mágico.
Intento disfrutar todos estos momentos contigo, porque sé que llegarán otras navidades, otros años, en que las cosas no serán igual.
El televisor está puesto, y hasta aquí llegan las notas del Requiem de Mozart, en la televisión francesa.
Antes de que te acostaras, hemos estado las dos un ratito escuchando parte de esta obra. Enb muchos momentos, habla de la misericordia:Una misa de difuntos, el llanto por el alma de la persona muerta, que implora compasión y misericordia a Dios.
Pienso en estos sentimientos, y creo que este mundo por el que andamos, va muy cortito en ellos.
Creo que no existe otro sentimiento que conmueva más que la misericordia, esto es, la capacidad que tenemos de compadecernos de otras personas, o de otros seres.
No estoy de acuerdo cuando la gente considera como despreciable que alguna persona tome decisiones que nos afecten a nosotros movidos por la compasón, por "pena".
Siempre he pensado, al contrario, que la compasión es un sentimiento tremendamente fuerte, y deseable. Es cuando el otro, el que está fuera de mí, es capaz de ponerse en mi lugar, de sentir mi sufrimiento, mi temor, mi desgracia. Y la comprensión de ello le produce dolor, al igual que a mí.
Es lo que se llama empatía, que es como decir: te comprendo, te entiendo, y te "siento". Comparto contigo tu dolor, y tus emociones, y esa comprensión de ti, me hace ayudarte, porque no podría dejar de hacerlo.
Qué sentimiento tan fuerte, Leonor, y qué necesario es en este mundo.
Poder decirle a alguien, a cualquier sufriente, que "te comprendo hasta el dolor".
Buenas noches, Leonor mía.
Siempre te comprenderé hasta ese punto.

lunes, 9 de octubre de 2006

Sobre la rutina, la costumbre y la felicidad

Hace algún tiempo que tengo olvidado este blog. Encontrar un momento de paz y de sosiego en este turbulento septiembre-octubre, comienzo de curso aquí en España, es algo difícil.
Vuelta al trabajo, a la rutina, a la costumbre.
Y, aunque desde fuera se contemple esto como algo aburrido, algo de lo que cualquier mortal pretendería huir, yo, te confieso Leonor mía, que adoro lo rutinario, lo acostumbrado.
Especialmente por la seguridad y la confianza que me da el hecho de que eso se repita.
Me gusta que se repitan las mañanas contigo, oírte decirme, quedo, al oído: "Buenos días, mami, es de día".
Me gusta la luz que entra discretamente por la ventana, y que nos va despertando a las dos poco a poco.
Me gusta prepararte el desayuno los domingos, y preparárselo a los abuelos, que vienen a desayunar también con nosotros.
Me gusta vestirte como una muñeca, y salir a la calle contigo, y llevarte de compras, o de paseo.
Me gusta que te sientes, como siempre, en mi regazo, "en el sillón de mami", como lo llamamos, y te quedes dormida en mis brazos.
Me gusta las veces que jugamos con la abuela, las tres juntas, y reímos, y la abuela recuerda cosas que te cuenta ahora a tí, y que hace cuarenta años me contaba, con el mismo tono, las mismas expresiones, a mí.
Me gusta esta rutina tranquila y segura, en definitiva, esta felicidad.
Y me da miedo perderla.
Mi mundo es una cuerda floja, en la que siento hago constantes equilibrios para no caer a ese vacío que temo y me atormenta.
Mi mundo es, también, un fiel reflejo del mundo de todos: un equilibrio inestable y precario que en cualquier momento, puede destruirse.
Una pueba nuclear en Corea del Norte, más tensión en Asia, más daño al planeta, más lejos de la paz, más cerca del vacío.
Hoy, no dejaba de pensar a qué clase de mundo te he traído, qué clase de mundo os vamos a dejar a los que ahora sois pequeños.
Desearía tener el poder de hacer algo.
Desearía poder saber qué hacer.

lunes, 21 de agosto de 2006

Feliz cumpleaños

Mañana es tu cumpleaños. Tres años que se han pasado casi sin tener tiempo para tocarlos.
Y me recuerdo, una noche como hoy de 2003, de un verano cálido y ardiente, sin poder dormir ya, sin poder conciliar el sueño, sabiendo que al día siguiente nacerías, un viernes, bajo el signo de Venus.
¿Cómo puedo describirte lo que sentía sabiendo que unas horas más tarde, estarías naciendo?
Una noche como esta, de hace tres años, me estaba despidiendo de ti, porque era la última noche que te tendría así, pegadita, dentro de mí, formando parte de mí misma.
Durante nueve meses fue una historia particular: el mundo por un lado, y yo por otro. Yo contigo, indisolubles.
Feliz cumpleaños, mi amor.

viernes, 4 de agosto de 2006

Lejos de Beirut

Últimamente evito las noticias de la televisión. Las imágenes que vienen de Beirut, de Irak, o de otros lugares del mundo me dejan consternada. No dejo de pensar en la suerte que he tenido al nacer donde lo he hecho, y, por tanto, no puedo evitar establecer comparaciones, y sentirme enormemente frívola al contemplar los resultados.
Pensamos solo en poseer: cosas, objetos, personas. Ambicionamos todos los posibles aspectos materiales que la vida nos pueda ofrecer, y esa ambición puede no tener límite.
Hace más de cuarenta años que mis padres se casaron. En aquella época, todo era diferente.
Se casaron tus abuelos, y no disponían de casa propia, ni tenían ésta amueblada completamente. Cuando compraban una prenda de vestir, recuerdo aún que muchas veces se decía, alabando su calidad: "Te durará para siempre".
Hoy en día nos aterra que un abrigo, un pantalón, no se estropee, porque, entonces, debemos buscar más excusas para comprarnos otros.
Antes se heredaba con orgullo el traje que tu padre había dejado como nuevo, objetos que la generación anterior había usado, se trasladaban a la siguiente, y uno se emocionaba al recibirlos. Quizá esto ocurría porque existían pocas cosas, y tenían el valor que se merecen.
Hoy hay tantas, estamos tan cosificados, que el valor viene más determinado por el número.
(Tengo tantos pisos, varios coches, estas joyas, tantos zapatos.....plurales y más plurales).
El otro día mi madre dijo algo que me estremeció: "Tú te has gastado más dinero en chupetes que yo en criarte a ti y a tus hermanos".
Mis padres, como los padres de la generación anterior, unían sus vidas en la juventud, para trabajar y proyectar la vida juntos. Sabían que les esperaban años de esfuerzo y sacrificio, de ahorro, de criar a los niños, de vivir, en definitiva.
Eran jóvenes, tenían la vida por delante, y no existía el miedo.
Ahora, cuando una pareja se casa, debe tener casa propia, amueblamiento completo, coche, etc...(Y, por supuesto, los hijos deben tenerlo todo, y no carecer de nada ) materialmente hablando, claro.
Qué clase de niños estamos criando? No es malo el esfuerzo y el sacrificio, porque fortalece nuestro carácter, y hace que valoremos lo que tenemos, que cobre un significado. Incluso el sufrimiento puede aportarnos algo positivo, y es la carga de humanidad que nos deja, puesto que nos despoja de nuestra arrogancia.
He visto algunas navidades, cuando hemos saturado a los niños de juguetes (cuatro, cinco paquetes para cada niño), ir abriendo un regalo y sin apenas mirarlo, pasar al siguiente, y luego decir ¿Y no hay más? Decidimos entonces que uno sólo y listo.
Creo que hay que despojarse de las cosas, literal y figuradamente. Cuando lo haga, sé que lo que quede seré yo.
No deseo ahogarte entre la posesión y la frivolidad que nos inunda. Porque sería como tender una cortina entre ti y el mundo, y lo que sería peor, porque sería como colocarte una máscara que evitaría que tu misma te contemplases tal cual eres.
Para saber qué es lo que realmente tiene para mí valor, intento imaginarme qué sería lo que por encima de todo, me gustaría que llegase a tus manos. Y, está claro: de todo lo que inunda mi casa en cuanto a objetos se refiere, lo realmente importante, cabría en una caja. Todo lo demás, debería de sobrarme.
Qué cosas, ¿verdad, Leonor? Ni un solo libro salvaría de los varios miles que me rodean, salvo tres o cuatro (son los que tengo desde la infancia:La isla del tesoro, uno de L.M.Alcott, Guillermo Tell, uno sobre expediciones al Polo Norte, y la Biblia que me regaló la abuela, dedicada por ella).
Cuando naciste, no quise comprarte ninguna cuna, porque me pareció que el mejor sitio donde podías dormir era en la cunita donde tus primos durmieron cuando eran pequeños, ya que era la más antigua que teníamos. Recuerdo la vieja cuna de madera que había en la antigua casa del pueblo, una cuna hecha a mano, y por la que al menos habían pasado tres generaciones, yo incluída. Me hubiera gustado que tú la hubieras disfrutado, que hubieras dormido en ella, impregnada de una decena de niños que nacieron en la familia y vivieron durante el último siglo.
Y me hubiera encantado conservar el vestido con el que me bautizaron, porque hubiera sido para ti. De todas formas te guardo el que tú llevaste, con la esperanza de que tu hija o hijo lo lleve también.
Siguen cayendo bombas sobre Beirut, sobre el país de los cedros, sobre la antigua Fenicia. Sigue habiendo dos lados del mundo. Por ahora estamos en el más afortunado.

sábado, 29 de julio de 2006

Adiós, cole.

El próximo lunes, es el último día en el que ha sido tu primer colegio. Tu "cole", como lo llamas.
Durante casi año y medio, has estado allí, y te lo has pasado bien, y has reído y llorado. Aún recuerdo tus primeros días, tan pequeña , con doce meses tan sólo. Te dejaba llorando y te recogía llorando durante el primer mes y medio. Luego, te acostumbraste a estar allí, y cuando iba por tí, ya no llorabas, todo lo contrario.
Pronto cumplirás tres años, y ya irás al cole nuevo, como decimos, al cole de los niños grandes.
Un etapa que se acaba, la del jardín de infancia, la etapa de los bebés, la edad de la ternura, como algunos psicólogos la llaman.
Aún puedo decir que tienes dos años y unos meses. Al final del verano, cumplirás los tres.
Y tú, sin embargo, te empeñas en continuar siendo un bebé, como si percibieses que ya te queda poco tiempo para serlo. Cuando me dices que quieres que te tome entre mis brazos, sentada en el sillón, me dices: "Mami, yo bebé". Y es que tienes la intención de que te arrulle en mi seno, y te de besos pequeños y livianos, como se hace con los bebés, que no los puedes estrujar por temor a hacerles daño.
Así quieres que haga contigo, y que te pase el dedo por la frente, por la nariz, por los labios, para decirte a continuación, bajito, que sí, que eres mi bebé, mi niña pequeña.
Y sí, Leonor, parece que con tan pocos años te has dado cuenta de este tiempo tan breve que se nos ha dado, y quieres, en tu inocencia, aferrarte a ese mundo y a ese tiempo, esa edad de la ternura que ya se te está empezando a escapar.
Por eso quiero darte los mejores recuerdos en estos años. Soy consciente de lo importante que es esto, porque redescubro mi propia infancia dándote a ti esta, porque el tener hijos y cuidarlos, también es una forma de volver a ser niño nuevamente.
Y juego contigo, y hago cosas, de la misma forma y manera que mi madre las hizo conmigo.
El lunes iremos al cole. Estarás con tus amiguitos, tus primeros amigos. A algunos ya no los verás, puede que con algún otro coincidas en el cole nuevo.
Cuando salgamos, dirás de nuevo "Adiós, cole, mañana otra vez". Pero esta vez, será un adiós definitivo al cole de los pequeños.
Y ya, tendré que empezar a decirte, poco a poco, que no, mi vida, que ya vas siendo una niña grande, una preciosa y guapa niña grande. Y aunque siempre serás para mí mi bebé, ya no podré decírtelo.

domingo, 25 de junio de 2006

Gusanitos de seda

Calor....mucho calor....
Verano encima, aplastante, después de casi un mes de junio atípico.
Nunca me gustaron estas fechas. De hecho, cuando el almanaque va caminando hacia abril, empiezo a ponerme nerviosa, a angustiarme.
La ciencia diría que es la astenia primaveral -que puede prolongarse hasta bien entrado el mes de junio-.
Ese especial estado en que mucha gente arrastra su persona por las calles de esta Andalucía seca y polvorienta, camino del trabajo, o de las facultades, o de donde sea.
Afortunadamente, hay eso que por aquí llamamos siesta, cuya duración es variable, y depende de la edad, el trabajo, el tiempo de que se disponga, y si se tiene o no pequeños que permitan disfrutarla.
Antes de que llegaras, yo podía pegarme casi tres horas deliciosas de siesta en cama, sin ropa. Cierto es que me levantaban de "aquella manera", pero, bueno, y ¿qué?
Por aquél entonces Clarita, la reina de los gatos, vivía conmigo.
Eran los tiempos de Ronda, y empezaba una monumental siesta a eso de las tres y media de la tarde, y la concluía hacia las seis y media o siete. Clarita, la gata, bostezaba conmigo, y se acostaba y se levantaba conmigo también.
Julia decía que era "un gusanito de seda", siempre enredada en las sábanas de la cama.
Ahora ya no lo hago. Sólo diez minutos, mientras te tengo en brazos para dormirte a ti, porque ahora eres tú mi gusanito, que anida entre almohadones un breve par de horas.

viernes, 23 de junio de 2006

San Juan

Noche de San Juan.
Mágica noche donde las haya. Ahora debe haber un montón de gente haciendo hogueras liberadoras, quemando en ellas el pasado, lo pasado, lo que ha de ser olvidado, lo irrecordable.
Tomaré agua y la dejaré a la luz de la luna, y, Leonor, dejaré que la luna se mire ahí, y después tu y yo también nos miraremos, y se nos quedará una leve luz lunar en nuestro rostro.
Vagaremos esta noche abriendo puertas mágicas a otros mundos, porque sólo unos pocos sabemos que hay un sólo instante para ir a esos territorios desconocidos, donde existe la magia, donde lo que no es acaba siendo, y donde lo que se nombra cobra realidad.
Te llevaré cogidita de la mano por esos mundos extraños donde aún no han muerto las hadas ni los magos, donde la luna mira a sus hijas y las acuna y las protege.
En la noche de San Juan, al lado del Mediterráneo.